La media hostia ahora es Scientia Futura

Dormir fortalece la memoria

Publicadas por Ismael

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Siempre se ha sospechado pero los últimos descubrimientos neurológicos lo confirman. Dormir es imprescindible para el correcto funcionamiento de la mente.

Redacción

La reactivación de recuerdos recién aprendidos durante el sueño puede fortalecer los cambios bioquímicos asociados a la memoria, según un estudio de la Universidad de Basilea en Suiza que se publica en la edición digital de la revista Nature Neuroscience. Los descubrimientos podrían tener implicaciones clínicas para el tratamiento de trastornos como los síndromes de estrés postraumático.

Estudios previos han mostrado que la reactivación de recuerdos recién formados durante el periodo de vigilia de poco después del aprendizaje puede en realidad desestabilizar la consolidación de la memoria, lo que hace tales recuerdos menos fuertes.

Los científicos, dirigidos por Björn Rasch, entrenaron a individuos en una tarea de memoria espacial en la que tenían que aprender la localización de un objeto en una matriz, mientras que se les presentaba un olor. Después de que los participantes formaran un recuerdo de esta asociación entre olor-objeto, un grupo de sujetos dormía mientras el otro grupo se mantenía despierto durante un periodo comparable de tiempo.

Durante este periodo de vigilia o de sueño de ondas lentas, el olor de la tarea aprendida se presentaba de nuevo a los sujetos, lo que presumiblemente desencadenaba una reactivación de la memoria.

Los autores descubrieron que la reactivación durante el sueño mejoraba la retención del recuerdo más tarde, mientras que la reactivación durante la vigilia deterioraba esta memorización.

Los científicos también realizaron imágenes de resonancia magnética funcional —IRMf— para mostrar que la reactivación de la memoria mediante la presentación del olor durante los periodos de vigilia implicaba patrones diferentes de actividad cerebral en comparación con los observados durante el sueño.

El descubrimiento sugiere que la reactivación de la memoria puede tener efectos opuestos sobre la presentación del recuerdo dependiendo de si la reactivación se produce durante el sueño o cuando se está despierto.

Visto en Europa Press. Foto de Joi.

Muestran imágenes del efecto del sexo y el dinero en el cerebro

Publicadas por Ismael

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Siempre se ha sospechado que los estímulos recompensa primitivos, como el sexo, activan zonas del cerebro distintas a las que se activan gracias a estímulos abstractos como el dinero, evolutivamente anteriores en el primer caso. Un equipo francés presenta ahora capturas de resonancias magnéticas que lo demuestran.

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De momento primero hay que recordar lo evidente. A cualquiera le gustan los estímulos eróticos, como el porno. Y también el dinero. Pero hay una diferencia, y es que el porno probablemente es una forma más primitiva de recompensa estímulo, dado que, por lo que sabemos, la gente ha andado desnuda por ahí desde que existe la especie. El dinero es, en comparación un invento reciente.

El cortex orbitofrontal —OFC por sus siglas en inglés— es una región prefrontal situada en los lóbulos frontales del cerebro, y que se sabe que es utilizada durante el proceso cognitivo de la toma de decisiones. Curiosamente, en el ser humano y en el resto de primates ocupan áreas Brodmann distintas. Dadas sus funciones en las emociones, particularmente las asociadas con la recompensa, muchos consideran al OFC parte del sistema límbico.

La cuestión es que, aún respondiendo a cualquier estímulo tipo recompensa, se sugiere que cuanto más primitiva es ésta, más probable es que se active la parte posterior del OFC, evolutivamente anterior. Los estímulos abstractos, como el dinero, en cambio, deberían activar las partes anteriores, más modernas evolutivamente.

La idea tiene sentido pero nunca había sido comprobada directamente. Es lo que han intentado Guillaume Sescousse y su equipo en un estudio reciente. Han tomado a 18 muchachos heterosexuales, los han situado bajo un escáner de resonancia magnética, les han mostrado porno y les han dado dinero.

«Se utilizan dos intensidades en el material erótico y en la ganancia monetaria. Utilizamos la cantidad de desnudez como parámetro del estímulo erótico, así que tenemos un grupo de "baja intensidad" con mujeres en ropa interior y traje de baño y un grupo de "alta intensidad" con mujeres desnudas en posturas sugerentes. Las imágenes se muestran sólo una vez para evitar la habituación. La recompensa económica también tiene un elemento de sorpresa, cambiando aleatoriamente las cantidades, las bajas entre 1 y 3 euros y las altas entre 10 y 12 euros.»

La imagen que ilustra el resultado resulta clarificadora. La entenderás, seas aficionado a la neurociencia o no.


Se comprueba en efecto la relación entre los estímulos primitivos y la región posterior del OFC, así como la existente entre los estímulos abstractos en la región anterior. Por supuesto, siempre que aceptemos que el dinero es en efecto algo más abstracto que el sexo.

Los autores del estudio han declinado proporcionar muestras del material erótico utilizado.

La imagen ha sido tomada de Neuroskeptic.

Los sordos ven mejor

Publicadas por Ismael

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¿Es capaz la ciencia de confirmar viejas nociones de la sabiduría popular, en particular gracias a los avances en la medicina neurológica?


Reza el tópico que los ciegos oyen mejor, y que los sordos ven mejor. Es ese tipo de cosas que cuentan las abuelas, como aquello de que no debes comer melón de noche, y generalmente no nos atrevemos siquiera a sugerir a tales portadores de sabiduría popular que sus consejos carecen por completo de base científica. Dicho lo cual ¿qué cara ponemos cuando aparece la base científica y confirma el refranero?

Un estudio realizado con gatos, y que será publicado en el ejemplar de la revista Nature Neuroscience a ser publicado mañana 12 de octubre, demuestra que las partes del cerebro normalmente dedicadas a procesar la información de uno de nuestros sentidos, son capaces de reconvertirse para aumentar la capacidad de proceso dedicada a cualquiera otro de ellos.

Durante años, los investigadores han sabido que los sordos tienen una visión periférica superior y mejor detección de movimientos, pero nunca han sabido cómo el cerebro crea esas ventajas. «Durante años hemos especulado sobre cómo se producen esos cambios» cuenta la neuróloga Hellen Nelville de la Universidad de Oregon.

En el nuevo estudio, dirigido por Stephen Lomber, se demuestra que en gatos sordos, regiones cerebrales importantes para la audición pasan a cooperar en una mejor visión. En lugar de procesar sonido, pasan a echar una mano al sistema visual. Por primera vez se encuentra el enlace entre las regiones auditivas y las mejoras en la visión.

Los gatos sordos no ven mejor como tal que aquellos que oyen perfectamente. Tal y como sucede con los humanos, la mejora sucede en dos tareas particulares; la agudeza visual o la capacidad de apreciar objetos lejanos a vista periférica, y la detección de movimientos muy lentos. Son dos mejoras que permiten la mejor supervivencia de un animal sordo. «No puedes oír al depredador acercándose por detrás de ti, así que ser capaz de verlo antes que nada es una habilidad apreciable» dice Lomber, de la Universidad de Ontario Occidental de Londres, Canadá.

Para establecer que la mejora visual es debida a la sordera, el equipo de Lomber ha comprobado que, en efecto, son las áreas inicialmente dedicadas a la audición las causantes de la mejora. Para ello han utilizado una aguja de 3 mm. de ancho capaz de congelar y así inactivar pequeñas regiones del cerebro. «Lo que hemos averiguado, para nuestra sorpresa, es que estas funciones no se distribuyen al azar por el cortex auditivo, sino que están localizadas en lugares muy específicos» cuentan. «Parece que cuando no se recibe estimulación auditiva, el cortex auditivo hace lo que debe hacer normalmente, pero con una entrada sensorial distinta, en este caso la visión».

Falta comprobar, primero, si este tipo de reubicación sensorial funciona también con otros sistemas en el cerebro, y también si el resultado es aplicable a ejemplares de otras especies y en otros escenarios, y no sólo con gatos sordos de nacimiento. Pero el resultado es en cualquier caso fascinante.

Si tú eres feliz, yo soy feliz, está en mis genes

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El concepto de altruismo siempre ha sido uno de los más resbaladizos para quienes estudian la biología evolutiva. Podría haberse demostrado ahora que nuestra preferencia por la igualdad entre seres humanos tiene una base biológica.

Presenciar una situación injusta nos irrita a todos. Ahora pregúntate, ¿es esa repulsa a la injusticia algo que has aprendido de tu vida social, o hay algún fundamento biólogico? Un estudio recientemente publicado en Nature sugiere que en efecto nuestra biología juega un papel importante. Y es que los centros cerebrales asociados al concepto de recompensa responden más intensamente en situaciones en las que varios seres humanos son tratados igualmente, contra cuando hay alguna injusticia, incluso si ésta es en nuestro beneficio.

Los investigadores han reunido a parejas de jóvenes. A cada uno de ellos se le dan 30 dólares, y después se elige uno al azar para recibir 50 dólares más. Utilizando una Resonancia Magnética Funcional, se explora su actividad cerebral mientras se les pregunta cómo se sentirían si la cantidad adicional se les diese a ellos o a sus oponentes. Tal y como se espera, al imaginar que es uno quien recibe el premio, se activa el cortex prefrontal, el área cerebral asociada a las recompensas. Sin embargo, sorprendentemente, si tras recibir el premio se le sugiere que ese mismo premio va a ser recibido también por el oponente, sucede la misma activación cerebral. En otras palabras, el cerebro responde favorablemente a acontecimientos que reducen la desigualdad, aunque no tengan un resultado de beneficio propio.

La autora del estudio es Elizabeth Tricomi, psicóloga en la Universidad de Rutgers. Pretende haber demostrado que el concepto de igualdad tiene una base biológica, ya sea ésta genética y aprendida. «No es absurdo pensar que puede haber una preferencia evolutiva por la igualdad. Ésta nos ayuda a trabajar juntos y eso nos beneficia a todos».

La testosterona ya no es lo que era

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Sandy Fritz

Conoces a ese tío: siempre colgado de la barra del bar, berreando al resto de conductores en un atasco y jaleando a su estrella del deporte favorita. El simio de la testosterona, el símbolo de la agresividad masculina.

Durante años los científicos le han señalado como el vivo ejemplo de la expresión embrutecida, egocéntrica y antisocial de la testosterona.

Pero el neurólogo Christoph Eisenegger de la Universidad de Zurich se ha replanteado este estereotipo. Para investigarlo él y su equipo han diseñado un estudio pero con mujeres, y no hombres, y con la testosterona más la raíz de todos los males, el dinero. Y han demostrado que cuando el éxito depende del juego limpio, los altos niveles de testosterona incitan a la cooperación y no a la agresión.

El estudio consistía en un sencillo juego entre dos personas y una pila de dinero. Uno de los jugadores ofrece un único trato sobre cómo dividir el dinero. Si la segunda parte acepta el trato, los dos reciben su parte. Si lo rechaza, nadie consigue un céntimo.

A la mujer a la que corresponde ofrecer el trato se le aplica testosterona o un placebo. Para asegurarse de que la testosterona tiene una influencia real, los investigadores le aplican a la mujer suficiente hormona para elevar sus niveles base hasta un 400 por ciento. Después de administrar bien la hormona bien el placebo, los investigadores le piden a la mujer que adivine si le ha sido administrado lo uno o lo otro.

Las mujeres que recibieron un placebo pero creyeron haber recibido testosterona ofrecieron tratos justos sólo un 10 por ciento de las veces, probablemente por estar influidas por estereotipos negativos de la influencia de la testosterona. Las mujeres que recibieron testosterona pero pensaban haber recibido un placebo, por otra parte, ofrecieron tratos justos hasta un 60 por ciento de las veces. Significativamente más que quienes acertaron haber recibido testosterona —30 por ciento— o un placebo —50 por ciento—.

Al final, afirma Eisengger, el efecto de la hormona cambia con el entorno. Parece que la testosterona te pone en pos de la victoria, no importando los medios que sean necesarios. Si ser el rey del pasillo es el objetivo, los altos niveles de testosterona llevarán a agresiones físicas y verbales. Pero en situaciones donde el beneficio mútuo es lo que garantiza el premio, la misma hormona engendra cooperación.

Visto en Scientific American. Foto de César Astudillo.

Lo que sucede en tu cerebro cuando te llaman Gilipollas

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Sergio Parra

Una de las escenas más recordadas de la película Regreso al futuroBack to the Future— es la protagonizada por el protagonista, Marty McFly, cuando le llaman gallina. «McFly, co-co-co, ¿acaso eres un gallina?» Y entonces, McFly se enojaba y decide demostrar que no lo es, incluso afrontando riesgos ciertamente elevados.

¿Por qué no toleramos que la gente crea que somos cobardes? ¿De dónde surge la cultura del honor?

A principios de la década de 1990, dos psicólogos de la Universidad de Michigan, Dov Cohen y Richard Nisbett, decidieron llevar a cabo un experimento sobre la cultura del honor. Para ello, nada mejor que reunir a un grupo de jóvenes e... insultarlos. El insulto que consideraron más eficaz para sus fines fue nada menos que «gilipollas».

El experimento fue como sigue:


«El edificio de Ciencias Sociales de la Universidad de Michigan tiene un pasillo largo y estrecho en un sótano, flanqueado por hileras de archivadores. Los investigadores convocaron a los jóvenes a un aula, uno por uno, y les pidieron que rellenasen un cuestionario. Entonces les dijeron que depositaran el cuestionario al final de pasillo y volviesen al aula: un simple ejercicio académico de apariencia inocente.»


Pero el experimento continuaba así: seleccionaron a la mitad del grupo de jóvenes. Cuando cada uno de ellos caminaba al fondo del pasillo con su cuestionario, un compinche de los investigadores se ponía a andar delante de ellos y sacaba un cajón de uno de los archivadores. Cuando el joven intentaba pasar, el compinche se mostraba visiblemente importunado. Cerraba el cajón, empujaba al joven por el hombro y, en voz baja, pronunciaba la palabra mágica: «gilipollas».

Cohen y Nisbett estudiaron en profundidad cómo cambiaban los jóvenes que habían sido insultados. Incluso les tomaron muestras de saliva que indicaban que sus niveles de testosterona y cortisona, las hormonas que regulan la excitación y la agresividad, se habían disparado. Finalmente, se les pidió que leyeran la siguiente historia e inventaran un final para ella:


«Sólo hacía unos veinte minutos que habían llegado a la fiesta cuando Jill se llevó a Steve aparte, obviamente molesta por algo.

¿Qué te pasa?, preguntó Steve.

Es Larry. Sabiendo perfectamente que tú y yo vamos a casarnos, ya me ha tirado los tejos dos veces esta noche.

Cuando se reintegraron en la fiesta, Steve decidió no quitarlo ojo a Larry. Efectivamente, no habían pasado ni cinco minutos, cuando Larry se acercó a Jill e intentó besarla.»


Los finales escogidos por los jóvenes que habían sido llamados gilipollas minutos antes fueron inequívocos: fueron finales mucho más taxativos, violentos, rudos.

Pero entre los insultados hubo unas sorprendentes diferencias de agresividad o descontrol. Estas diferencias no dependía de si el joven sacaba buenas notas o malas, o si era físicamente imponente o no. Lo que importaba, sobre todo, era el lugar de procedencia del joven insultado.

Los jóvenes procedentes del norte de Estados Unidos básicamente se tomaron el incidente con humor, como una broma más o menos divertida. Sus apretones de manos eran normales; y de hecho sus niveles de cortisona disminuyeron, como si intentaran inconscientemente desactivar su propia cólera. Sólo unos pocos predecían una reacción violenta de Steve hacia Larry. Pero ¿y los del Sur? Ay, Señor... Vaya si se enfadaban. Sus niveles de cortisona y testosterona brincaban. Sus apretones de manos se hicieron más firmes; y tenían muy claro que Steve se iba derecho, con el puño cerrado, a por Larry.

Conclusión. A todos los afecta que nos llamen gilipollas. O gallina. O que se ponga en entredicho nuestro honor. Pero insulta a un sureño y le verás buscar pelea con mucha más facilidad.

Visto en Genciencia.