La media hostia ahora es Scientia Futura

Imagine no religion

Publicado por Ismael

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Edgar Dahl

Incluso tras la caída del Muro de Berlín en 1989, se les encuesta habitualmente tanto a los alemanes occidentales como a los orientales su actitud ante la religión. Cuando se les pregunta sobre si creen en Dios, la mayor parte de los alemanes occidentales simplemente responden diciendo: «No, soy perfectamente normal».

Una respuesta que debe resultarles sorprendente a la mayor parte de los americanos. Después de todo, se presume que hay algo anormal en la creencia en Dios. Como si ya hubiesen crecido leyendo El Espejismo de Dios de Richard Dawkins, los alemanes occidentales consideran a los creyentes extraños, grotescos o incluso locos.

Habiendo nacido yo mismo en Alemania Oriental, puedo fácilmente identificarme con esta actitud. Contra lo que muchos americanos parecen pensar, nadie nos ha hecho crecer siendo hostiles hacia la religión. En realidad es algo mucho peor; hemos crecido de forma total e inseparablemente indiferente hacia la religión.



Los domingos por la mañana, mientras los niños americanos iban a la Iglesia, nosotros íbamos al cine. Me recuerdo disfrutando de la Cleopatra de Joseph L. Mankiewicz, de La Caída del Imperio Romano de Anthony Mann, o riéndome a carcajadas con La Carrera del Siglo de Blake Edwards o Con Faldas y a lo Loco de Billy Wilder.

Un día —debía tener unos diez años— llegué tarde para ver El Jorobado de Notre Dame de Jean Delannoy, con el fabuloso Anthony Quinn y la bella Gina Lollobrigida. Decepcionado por perderme la película, me dirigí a casa, pasando junto a la Catedral de San Pablo. Como tenía tiempo libre, decidí entrar a la Iglesia. Había unas 15 o 20 personas, todas de más de 60 años. El holor a humedad, las morbosas pinturas, y el salvador sangrando clavado en la cruz me hicieron sentir ansiedad.

Aún así, para ver lo que hacían, me acerqué un poco. Parece que estaban celebrando la Eucaristía. Reunidos alrededor de un altar, se pasaban un cáliz y un platillo pidiéndose los unos a los otros «comer el cuerpo y beber la sangre del Señor». Me estremecí. ¿Cómo puede alguien comer la carne y beber la sangre de otra persona? ¿Qué clase de personas son éstas?

Volví corriendo a casa, y le pregunté a mi madre sobre la gente de la Iglesia. Me dijo «son cristianos. Creen en Dios y en Satán, en el cielo y en el infierno. Mis padres también eran religiosos. Mi padre era judío y mi madre católica. Como los nazis les mataron cuando yo solo tenía tres años, no me enseñaron nada sobre sus religiones». Intentando cambiar de tema, añadió «no importa, no es asunto nuestro».

Por aquella época vi por primera vez La Semilla del Diablo de Roman Polanski en televisión —en un canal de la Alemania Occidental, por supuesto—. Más tarde me enteré de que la película no describía a cristianos, sino a satánicos. Aún tan pequeño, no veía ninguna diferencia. Para mí, ambos eran gente grotesca, creyendo cosas grotescas y haciendo cosas aún más grotescas. Alguien podría decir que simplemente yo era demasiado joven para ver la diferencia entre dos cultos en realidad distintos. Pero este es exactamente mi argumento. Eso sólo prueba hasta qué punto estaba libre de prejuicios. Debe ser que veo a los cristianos como los ve un hindú. O, para el caso, como un cristiano ve a los hindús, esas almas perdidas y atormentadas que rezan a un cielo repleto con cientos de dioses.

Puede sonar extraño, pero hasta los 12 años no conocí a un cristiano en persona. En sexto curso, la hija de un sacerdote se unió a clase. Aunque resultó ser una bellísima persona, recuerdo que me incomodaba hablar con ella. Después de todo, consideraba a los religiosos como gente mística que afirma estar en contacto con dioses, demonios, y otros personajes que nadie ha visto nunca.

Habiendo crecido como ateo puede resultar sorprendente que, como estudiante, me interesara no sólo la filosofía sino también la teología. Fue la película de Ingmar Bergman El Séptimo Sello y la novela de Fyodor Dostoevsky Los Hermanos Karamazov las que hicieron que me interesara por la religión a los 16 años. Además, estudiar teología reforzaba mi educación en humanidades. Tuve que aprender Hebreo, Griego y Latín, y también filosofía, psicología y pedagogía, además de historia del arte y política.

Leer a Anselmo de Canterbury, a Tomás de Aquino o a William de Ockham, sin embargo, no cambió mis opiniónes. Aún soy un ateo que cuestiona la existencia de Dios. Aunque admito que hay razones entendibles para la creencia en un Creador, ninguna de esas razones me parece persuasiva, por no decir convincente.

Toma como ejemplo el Argumento Ontológico para la Existencia de Dios. Según este argumento, Dios es «lo más grande que es posible concebir». En otras palabras, Dios tiene todas las perfecciones posibles. En conocimiento, en poder, en virtud. De ahí que, si es perfecto, continúa el argumento, debe existir. Porque si no existiera, no sería perfecto.

Immanuel Kant ya hizo notar que este argumento es falaz. Desde luego que para que una existencia sea perfecta debe tener ciertas propiedades, como la omnipotencia o la omnisciencia. Pero eso no significa que deba existir. Después de todo, la existencia no es una propiedad. La definición de Dios sólo puede decirnos qué clase de ser debería ser. Si realmente existe, sin embargo, es un tema completamente distinto que no puede ser liquidado por una mera definición.

Otra prueba famosa es el Argumento Cosmológico para la Existencia de Dios. Todo lo que existe, se dice, tiene una causa. Pero si todo tiene una causa, el propio Universo ha de tenerla. Esa causa es Dios. ¿Es convincente? No. Si todo tiene una causa literalmente Dios ha de tenerla. Y si Dios tiene una causa, esa causa ha de tener también una causa. Y así hasta el infinito.

Los apologistas de la religión pueden notar que el argumento cosmológico no es sensato, así que lo reformulan afirmando que todo tiene una causa excepto Dios. El propio Dios no tiene causa. Es una causa sui, una causa en sí y para sí mismo. Esto resulta aún más vulnerable. Si la premisa es cierta, la conclusión no puede serlo. Si la conclusión es cierta, la premisa es falta. Si todo tiene una causa —la premisa— entonces Dios debe tener una causa. Si Dios no tiene una causa —la conclusión— entonces es obviamente falso que todo debe tener una causa.

Supongamos por un momento, sólo por intentar aceptar el argumento, que tenga sentido el extraño concepto de la causa sui. Si puede haber algo que no tenga causa alguna, nos vale tanto el Universo como Dios —N. del T.; Bertrand Russell refutaba así el argumento cosmológico—. De ahí que por mucho que lo intentemos, el argumento cosmológico tampoco es convincente. Después de todo, incluso si lo fuese, no probaría lo que presume de poder probar. Todo lo que el argumento cosmológico puede probar es la existencia de una primera causa. No es aún así razonable que dicha primera causa sea el amoroso Dios de la Cristiandad.

Probablemente el intento más popular de probar la existencia de Dios sigue siendo el Argumento Teleológico. Las estrellas en el cielo, los árboles del bosque, los animales en la selva. Todo parece comportarse de forma ordenada. ¿De dónde viene este orden? Debe proceder de un diseñador inteligente. Este diseñador es Dios. Tan potente como pueda parecer el argumento, ciertamente no es concluyente. David Hume ya apuntó hacia que el hecho de que algo parezca diseñado de ninguna manera implica que realmente lo haya sido. Más aún, la Teoría de la Evolución de Charles Darwin proporciona una explicación alternativa para la existencia de orden en la naturaleza. Procede de una adaptación por selección natural.

Lo cierto es que no todo es orden en el mundo, hay una buena cantidad de desorden. Cualquiera que haya visitado un hospital y haya visto a los pacientes en neonatal, oncología o psiquiatría probablemente tendrá dudas sobre la benevolencia de ese diseñador celeste. Lo que nos lleva a la más poderosa objeción hacia el Dios de los cristianos. El Mal.

Nadie ha explicado el problema del mal mejor que Epicuro. «¿Desea Dios acabar con el mal pero no es capaz? Entonces no es Omnipotente. ¿Es capaz pero no lo desea? Entonces no es benevolente. ¿Es capaz y lo desea? Entonces, ¿por qué existe el mal?» La respuesta cristiana tradicional sobre el problema del mal es que simplemente tenemos lo que merecemos. Tú, yo, y ese pequeño inocente niño nacido con una enfermedad terrible como la epidermolysis bullosa merecemos sufrir porque somos pecadores. Concebidos y nacidos en pecado.

Una respuesta adecuada a esta intolerable afirmación excedería el espacio que me ha sido concedido. Así que simplemente nos centraremos en un problema ya apuntado por Darwin; el dolor y el sufrimiento innecesario de los animales inocentes.


«Nadie discute que hay demasiado sufrimiento en el mundo. Hay quien intenta explicarlo en lo referente al hombre imaginando que le sirve para mejorar moralmente. Pero el número de seres humanos en el mundo es insignificante comparado con el del resto de seres vivos, y todos ellos sufren sin posibilidad de mejorar moralmente. Un ser tan poderoso y tan repleto de conocimientos como Dios puede crear un Universo, mostrarse a nuestras mentes como omnipotente y omnisciente, y deformar nuestro entendimiento para que su benevolencia aparezca ilimitada. ¿Qué ventaja supone eso para millones de animales que sufren desde el inicio de los tiempos?»


Uno de los documentales más devastadores que nunca he visto figuraba en un programa sobre historia natural de David Attenborough. La filmación muestra la migración circular de más de un millón de animales por el Serengeti. Para alcanzar las planicies al sur, deben cruzar el río Mara, repleto de cocodrilos. Así que, para poder cruzar el río, literalmente cientos de ñus han de ser asesinados despiadadamente. Algunos consiguen escapar, sólo para ser devorados vivos por los leones que esperan en la orilla. ¿Qué clase de Dios, me pregunto, crearía esta naturaleza de garras y dientes?

Después de graduarme decidí especializarme en las cuestiones éticas derivadas de las nuevas técnicas médicas y biológicas. Gracias a una invitación de Helga Kuhse y Peter Singer me uní al Centro para la Bioética Humana en la Universidad Monash en Melbourne, Australia. En esa época pensé que nunca tendría que enfrentarme más con asuntos religiosos. Estaba obviamente equivocado. Anticoncepción, aborto, inseminación artificial, fertilización in vitro, diagnóstico genético previo a la implantación, selección de sexo, clonación reproductiva. Literalmente no existe asunto bioético alguno sobre el que la Iglesia Católica no haga comentarios.

En sí mismo esto no debería tener nada de malo. Hay clérigos claramente capacitados para opinar sobre asuntos morales de urgencia. Hay sin embargo algo peculiar en las sentencias de la Iglesia. Resulta que una afirmación religiosa presume de estar basada en una autoridad superior a las de las afirmaciones seculares. Remarco que no sólo los cristianos, sino incluso muchos de sus oponentes, les conceden a los líderes religiosos una forma de superioridad moral. Se tiende a creer que los teólogos son en sí mismos expertos en asuntos éticos.

¿Y eso por qué? La respuesta es obvia. La mayor parte de la gente consideran de forma indisoluble religión y ética. Aún más, se cree que la religión es el fundamento de la ética, y que sin teología no hay moralidad.

¿Por qué me parece esto destacable? Es destacable porque no es cierto. De hecho es tan descaradamente falso que uno se pregunta cómo es posible que esta creencia sobreviva en tiempos donde manda la razón. No estoy seguro, pero supongo que la creencia en que la ética está basada en la religión es el resultado de dos milenios de doctrina Cristiana. Casi cada niño crece pensando que las reglas morales proceden de los Diez Mandamientos del Antiguo Testamento. La idea de que normas morales del tipo «no matarás» o «no robarás» son de naturaleza religiosa están tan imbuídas en la mente de un niño que nunca llega a cuestionárselo, incluso ya como adulto.

La Iglesia realmente da la bienvenida a la afirmación de que la religión es la base para la ética. Y alimenta esta creencia levantando su dedo y proclamando un desastre social si no volvemos al albor de la Iglesia y reconocemos u autoridad morlal. Así, el Cardenal Joseph Ratzinger, más conocido ahora como Papa Benedicto XVI, nos alertaba de una inminente «dictadura del relativismo» si dábamos la espalda a Dios. Seríamos entonces incapaces de distinguir el bien del mal.

La idea de que la religión es la piedra angular de la ética está ilustrada por la así llamada Teoría Ética de la Orden Divina. De acuerdo con esta teoría, distinguir el bien del mal es sencillo. El Bien es lo que Dios aprueba, y el Mal lo que Dios desaprueba. Como Dios aprueba la fidelidad y desaprueba la infidelidad, la fidelidad es buena y la infidelidad es mala.

Es una teoría, sin embargo, muy defectuosa. Ya hizo notar el filósofo griego Sócrates hace más de dos mil años que quienes apoyan esta teoría se enfrentan a un dilema ineludible. El dilema lo presenta una simple e inocente pregunta. «¿Es la caridad buena porque Dios la aprueba, o Dios la aprueba porque es buena?»

Si alguien responde que la caridad es buena porque Dios la aprueba, ha de aceptar que si Dios aprobase la crueldad y no la caridad, la crueldad sería lo bueno y la caridad lo malo. Dado que no pueden concebir a Dios como un legislador abritrario por completo, debería añadir, «bien, pero Dios nunca aprobaría la crueldad porque Dios es bueno». Una respuesta que no elimina los problemas, sino que los agrava. Después de todo, ¿qué quiere decir que Dios es bueno? Si lo bueno es lo aprobado por Dios, «Dios es bueno» sólo significa que Dios se aprueba a sí mismo. Una afirmación vacía. En otras palabras, esta teoría reduce a arbitrarios los designios de Dios y elimina la doctrona de que Dios es bueno de forma tautológica.

La única forma de evitar esta conclusión inaceptable es decir que «la caridad no es buena porque Dios la apruebe. Dios la aprueba porque es buena». De ahí, si la caridad es buena porque alivia el sufrimiento humano y reduce la miseria en el mundo, ya tenemos un buen motivo para que Dios la apruebe. Es una respuesta mucho más razonable. Podemos incluso, basándonos en esta respuesta, conservar la doctrina de que Dios es bueno.

Pero quienes usan esta respuesta se enfrentan a un dilema. Al decir que Dios aprueba la caridad porque es buena, se admite que hay un estándar sobre lo bueno y lo malo que es independiente de Dios. Si no es la aprobación por parte de Dios lo que hace que algo sea bueno o sea malo, más bien son las consecuencias sobre la humanidad las que hacen que algo sea bueno o sea malo. De ahí que quienes eligen esta opción, virtualmente abandonan su concepción teleológica de la ética y conceden que no necesitamos a Dios para distinguir lo bueno de lo malo. En lugar de volvernos hacia Dios para decidir lo que es bueno y lo que es malo, mejor utilicemos nuestros propios estándares definitivos.

Las implicaciones del argumento de Sócrates son evidentes. Contra lo que los líderes religiosos afirman, la ética no está basada en la religión y la moralidad es independiente de la teología. De ahí que los teólogos morales no tengan mejores afirmaciones sobre la verdad moral que los filósofos morales, o que cualquier otra persona que abrace las reglas que la propia humanidad se ha concedido para mejorarse.

Uno de mis primeros motivos para unirme a este libro es entonces de naturaleza moral. Mientras que es perfectamente aceptable que los líderes religiosos recuerden a sus acólitos que, digamos, el suicidio asistido es un pecado, es por completo inaceptable que intenten imponer los valores cristianos a todos los demás. Si un paciente moribundo con dolores insoportables siente la obligación moral de compartir la Pasión de Cristo, es libre de hacerlo. Pero ¿quién es la iglesia para decirle a quienes no suscriben sus puntos de vista religiosos cómo deben morir? Una democracia liberal basada en una estricta separación entre Iglesia y Estado debe garantizar a sus ciudadanos poder vivir y morir cada uno según sus propios valores.

El artículo es parte del libro 50 Voices of Disbelief: Why We Are Atheists, dada la época en la que empezamos a estar, un precioso regalo de navidad. Visto en IEET. Foto de Napalm filled tires.

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6 comentarios:

  1. Juan Carlos Bujanda Benitez dijo...

    Excelente articulo, ya mande comprar el libro, gracias por la recomendación..Saludos.

  2. asimov dijo...

    gracias por la traducción, excelente artículo.

    salu2.

  3. BorrEgOw dijo...

    Ayuda a otras personas con internet y ellas te ayudaran.
    (para informacion completa entra a www.borrelody.blogspot.com y revisa nuestro CICLO PERFECTO)

    Tengo una idea para AYUDARNOS TODOS MUTUAMENTE en un sistema HONESTO y CARITATIVO.

  4. Anónimo dijo...

    Gracias
    una entrada fantástica
    :)

  5. Anónimo dijo...

    Alguien me puede decir si este libro esta ya disponible en castellano?

    Magnifico articulo!

    Gracias!!

  6. Ismael dijo...

    Me temo que no. Y me temo también que tarde mucho o nunca lo esté. Porque no me encargan a mí traducirlo, claro.